viernes, 17 de enero de 2014

LA EMBRIAGUEZ

Por Rodrigo Gómez M.

Sin duda la embriaguez es una de las vías de acceso al inconsciente, junto con los sueños o el uso de la hipnosis, por ejemplo.

   Si escribiera un texto de memorias sobre cierto período de mi juventud, se podría titular de forma parecida a Ron fue mi mejor amigo, pero se llamaría El ron fue mi mejor amigo. Ese cálido dulzor acompañó horas inolvidables oyendo de pronto algunas canciones de The Platters, o bien el Concierto en Fa sostenido menor de Scriabin.
   El error era salir de casa y no seguir el consejo de Kerouac (“Trata de no emborracharte fuera de tu propia casa.”). El hecho de entrar a una exposición de video-arte con unos vasos de más y hablando fuerte, u orinar desde arriba de un árbol en una calle céntrica, viviendo en una ciudad chica (casi un pueblo), pueden ir creando un muro invisible de rechazo colectivo algo molesto. Claro está que siempre podías sentirte mejor al día siguiente a nivel de no-tensión y claridad mental. Sólo estaba la resaca y algunos recuerdos desagradables.
   La embriaguez me ayudó a conocer algunos de mis puntos débiles, a descubrir elementos clave, nudos, epicentros del delirio, devaneos indiscernibles, planteamientos imposibles, contradicciones insoportables, enigmas irresolutos, fantasmas tuertos, habitáculos pintados de espuma oscura , muebles incompletos, residuos kármicos, padres-madres sustitutos, familias posibles por venir, futuros inútiles, caos innombrables, etc. No tenía dinero para pagar psicoanalistas y ni siquiera había uno en mi ciudad.
   Fue una herramienta muy valiosa.
   Funciona para adentro y para afuera. Distingues pesadillas y te deshaces de los idiotas.
   Claro que es natural que nadie te considere un héroe por el hecho de que hagas un viaje de autodescubrimiento a través de la ebriedad. Sin embargo lo fuí. En un sentido extraño. Entendí el funcionamiento de los basureros de gente que hay en las ciudades, supe que hay que odiar el lugar de nacimiento para poder renacer, que el desprecio de los demás es un signo de que vas bien, etc. Comprendí que había que convertirse en despreciable para los demás, y aceptar el propio odio, antes de que creciera invisible y devorador.
    Volviendo al tema, este estado de la conciencia menguada también puede ser visto como una forma de liberación de las exigencias que establece la identidad sobre uno mismo. Vacacionar de nuestros propios límites mentales.
   La variabilidad de las experiencias de embriaguez depende obviamente de varios factores, tanto el aspecto del contenido mental, la sustancia embriagante, como el contexto o las circunstancias, ya que con respecto al primer punto, hay una especie de deformación de la observación propia, una ondulación perceptiva de la mirada personal, y a su vez el accionar desde un lugar más íntimo de uno mismo.
   Con respecto al segundo punto, el concepto de embriaguez, abarca el efecto de varias substancias a parte del alcohol; como por ejemplo el del cannabis, o del éter; en ese caso por ejemplo, serían muy distintas la embriaguez del opio a la del whisky. Lo que tendrían en común sería el “desarreglo de los sentidos”.      

Me refiero aquí principalmente a la producida por el alcohol, como una forma de catarsis, como medio de aprendizaje, como alteración suave del tiempo y el espacio, etc.

Según Horacio, el vino enardecía las virtudes de Catón. Por otro lado Lucrecio daba una imagen poco halagadora de la embriaguez: “Cuando al hombre doma la fuerza del vino, sus miembros pierden la ligereza; su andar es incierto, su paso inseguro, su lengua se traba, su alma parece ahogada y sus ojos extraviados. El hombre borracho lanza impuros eructos y tartamudea injurias.”

Aunque se asocia a Nietszche directamente con lo dionisiaco, paradójicamente, salvo unos recuerdos de juventud, termina optando por una sobriedad extrema, como explica en Ecce Homo: «Para creer que el vino alegra tendría yo que ser cristiano, es decir, creer lo que cabalmente para mí es un absurdo. Cosa extraña, mientras que pequeñas dosis de alcohol, muy diluidas, me ocasionan esa extremada destemplanza, yo me convierto casi en un marinero cuando se trata de dosis fuertes. Ya de muchacho tenía yo en esto mi valentía. Escribir en una sola vigilia nocturna una larga disertación latina y además copiarla en limpio, poniendo en la pluma la ambición de imitar en rigor y concisión a mi modelo Salustio, y derramar sobre mi latín un poco de grog  del mayor calibre, esto era algo que, ya cuando yo era alumno de la venerable Escuela de Pforta, no estaba reñido en absoluto con mi fisiología, y acaso tampoco con la de Salustio, aunque sí, desde luego, con la venerable escuela de Pforta. Más tarde, hacia la mitad de mi vida, me decidí ciertamente, cada vez con mayor rigor, en contra de cualquier bebida "espirituosa".»

El ida y vuelta de la fortuna, bebiendo por la tristeza o la felicidad son un asunto recurrente en el poeta persa Omar Khayyam

Puesto que nuestra estancia en el mundo es precaria,
es absurdo vivir sin amor y sin vino.
¿A qué discutir sobre el mundo? Cuando muera
no ha de importarme nada que fuese o no creado.

La transitoriedad de las cosas y el tono de despreocupación aparecen también en este fragmento de Kerouac: "Súbitamente comprendí que todas las cosas sólo van y vienen incluido cualquier sentimiento de tristeza: también se irá: triste hoy alegre mañana: sobrio hoy borracho mañana ¿Por qué inquietarse tanto?”

Un conocido ejemplo poético de la embriaguez, el poema de Li Po “Bebiendo solo a la luz de la luna”, propone una interesante perspectiva sobre  la correspondencia directa entre embriaguez y éxtasis (o comunión directa con lo Otro), ya míticamente establecida en distintos contextos rituales o religiosos. En esta experiencia la disolución del extrañamiento (o la separación del otro) y, nuevamente la transitoriedad, se hacen evidentes:

“Entre flores y ante un jarro de vino,
bebo solo, sin compañía alguna.
Alzo la copa y convido a la luna.
Con mi sombra somos tres.[1]

Aunque la luna no puede beber,
y en vano sigue a mi cuerpo la sombra,
son buenas compañeras transitorias.
¡Disfrutemos antes que pase la primavera!

Canto, y la luna se balancea.
Bailo, y mi sombra revolotea.
Despierto yo, compartimos la alegría.
Ebrio, desaparecen mis compañeras.
¡Oh luna, oh sombra, mis inmortales amigas!
Ya tendremos una cita,
en el cristalino Río de Estrellas.[2]

En este poema, como ya dijimos, se plantea una combinación de transitoriedad y de disolución del extrañamiento: Primeramente se enfatiza la separación (“somos tres”), luego viene la comunión transitoria. Esta transitoriedad no parece hacer alusión a la esencial impermanencia de los fenómenos que plantea el budismo, ya que la luna y la sombra seguirán allí, para poder reencontrarse más adelante. El verso “Ebrio, desaparecen mis compañeras.”, puede confundir al lector, respecto a la interpretación recién planteada, pero cotejando con versiones inglesas, se descubrirá que ese “ebrio” hace alusión en realidad a “estar botado” de ebrio, o a quedarse dormido de borracho (“We have our fun while I can stand/ then drift apart when I fall asleep.”[3]). Sin embargo, por medio de otra traducción inglesa reaparece esta ambigüedad fundamental del poema, ya que da a entender que en la embriaguez o el sueño, los tres efímeros comparsas se separan para volver a la unidad (¿la unidad de lo imperecedero, de lo que tomamos la materia para nuestras ilusiones?¿el Prakriti del Hinduismo?), dicotomias inestables por lo profundas y trascendentes (“Soon drunken sleep will quell our fun/ And my trio will separate back into one[4]. La luna tradicionalmente hace alusión a la mente despierta, a la naturaleza búdica; y el vino a la  embriaguez del éxtasis místico.









[1] Todas las cursivas en el poema citado son mías.
[2] Traducción de Guojian Chen.
[3] Traducción de Tony Barnstone y Chou Ping .
[4] Traducción de Daniel Palkowski.

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